Lejos de tratarse de una falla técnica, la explicación es más profunda y estructural. Google no produce los datos deportivos que muestra en su buscador. Los compra a proveedores especializados que, a su vez, negocian con ligas, federaciones y dueños de derechos.
Cuando esos acuerdos se vencen, se encarecen o cambian de manos, el resultado es directo: Google deja de tener permiso para mostrar esa información.
En el caso de ligas locales, como la LPF, los derechos de datos en tiempo real están cada vez más concentrados y fragmentados en empresas privadas, apps deportivas y broadcasters que buscan exclusividad para atraer usuarios y monetizar audiencias.
El efecto colateral es claro: apps especializadas siguen mostrando resultados, plataformas con contratos directos mantienen el servicio y Google queda afuera.

El movimiento expone una tendencia global: el fútbol ya no se regala en la web abierta. Los datos —igual que las transmisiones— son un activo estratégico. Mostrar un resultado ya no es un detalle informativo, sino una pieza de negocio.
Además, Google prioriza ligas con alcance global y acuerdos sólidos. Cuando esos contratos no existen, no se renuevan o pierden viabilidad económica, la cobertura simplemente desaparece.

¿Puede volver?
Sí, pero no depende de los usuarios sino de nuevas negociaciones, de cambios en los dueños de los datos o de una redefinición del modelo de distribución. Hasta entonces, el buscador más usado del planeta se queda sin fútbol.
Lo que parece un simple inconveniente revela algo mayor: la información deportiva en tiempo real ya no es un bien público digital, sino un producto premium. Y esta vez, ni Google pudo evitar quedar en offside.