La pregunta empieza a circular en el mercado de consumo global: ¿el iPhone va a aumentar de precio? La respuesta no es lineal. Apple intentará evitar un aumento explícito del precio de lista, pero todo indica que el costo real de acceder a un iPhone nuevo seguirá subiendo.
Apple no informa públicamente el margen de rentabilidad del iPhone. Lo que sí revela en sus balances es que el margen bruto total de la compañía ronda el 48%, mientras que el segmento de productos —donde se incluye el iPhone— opera con un margen cercano al 41%. Dado que el iPhone representa más de la mitad de los ingresos por productos, esos números permiten inferir que su rentabilidad sigue siendo elevada, aunque hoy enfrenta presiones inéditas.

El origen del problema no está en la demanda, sino en la oferta. El boom de la inteligencia artificial está absorbiendo capacidad industrial crítica a escala global. Las grandes tecnológicas que lideran la carrera por la IA —como Nvidia, Microsoft, Amazon y Google— están firmando contratos millonarios para asegurarse acceso prioritario a chips, memoria avanzada y capacidad de fabricación en empresas como TSMC.
Ese fenómeno reduce el poder de negociación de fabricantes de electrónica de consumo, incluso de uno tan dominante como Apple.
Según The Wall Street Journal, la presión se siente especialmente en la memoria, un componente clave para los dispositivos móviles. Estimaciones citadas por el diario señalan que el costo adicional de memoria DRAM y NAND podría sumar alrededor de 57 dólares al costo de fabricación del próximo iPhone base.
Es un incremento relevante en un producto que se fabrica a escala masiva y cuyo margen Apple protege con especial celo. Frente a este escenario, la compañía no parece dispuesta a resignar rentabilidad. Históricamente, Apple ha demostrado una notable capacidad para trasladar costos sin modificar de manera directa el precio que el consumidor ve en la vidriera. La estrategia es conocida: ajustar el diseño del producto, modificar el mix de modelos y empujar al usuario hacia versiones más caras.

Una de las palancas más claras es el almacenamiento. El costo real del chip de memoria crece, pero no en proporción al sobreprecio que Apple cobra por pasar de una capacidad a otra. La eliminación de modelos con menor almacenamiento y el aumento del piso mínimo permiten subir el ingreso promedio por unidad sin anunciar una suba formal de precios. Para el consumidor, el cambio se presenta como una mejora del producto; para Apple, como una defensa del margen.
Algo similar ocurre con la segmentación entre modelos estándar y versiones Pro. Las funciones más avanzadas —cámaras, potencia gráfica, procesamiento local de inteligencia artificial— tienden a concentrarse en los modelos más caros. En un contexto donde la IA exige más memoria y más capacidad de cómputo, esa diferenciación podría profundizarse, encareciendo el acceso a las funciones más atractivas del ecosistema Apple.
Los análisis técnicos de desmontaje del iPhone, realizados por firmas especializadas como TechInsights o Counterpoint, muestran que el costo de los componentes del iPhone Pro Max ya es sensiblemente superior al de generaciones anteriores. Aun así, esos costos no reflejan la totalidad del gasto: quedan fuera la investigación y desarrollo, el marketing, la logística, la red de tiendas y el mantenimiento de un ecosistema que sigue siendo uno de los mayores diferenciales de la marca.

En este contexto, los analistas de Wall Street coinciden en que Apple intentará evitar un aumento frontal del precio del iPhone. Pero eso no implica que el producto se vuelva más accesible. El iPhone más barato tiende a desaparecer, el almacenamiento mínimo se encarece y las funciones clave se desplazan hacia modelos premium. El resultado es un aumento sostenido del precio promedio que pagan los usuarios.
La inteligencia artificial no solo está redefiniendo la competencia tecnológica global. También está cambiando la estructura de costos de los dispositivos que millones de personas usan a diario. Por primera vez en años, el iPhone deja de ser un producto parcialmente blindado frente a esas tensiones. Y cuando la industria entra en esa fase, el precio —aunque no siempre de manera visible— termina ajustándose.