El núcleo del acuerdo es la creación de una nueva empresa, TikTok USDS, que pasará a estar controlada en más de un 80 % por capitales estadounidenses. El consorcio inversor está liderado por Oracle, Silver Lake y el fondo MGX, mientras que la empresa matriz china ByteDance conservará una participación minoritaria cercana al 20 %, sin control operativo directo. Este punto fue central para destrabar el conflicto con el Congreso y la Casa Blanca.

La operación se cerró a contrarreloj, antes de que entrara en vigencia plena la ley aprobada en 2024 que obligaba a TikTok a vender sus activos en Estados Unidos o enfrentar un bloqueo total de la aplicación. Esa norma, impulsada con apoyo bipartidista, argumentaba riesgos de espionaje y acceso indebido a datos de usuarios estadounidenses por parte de un actor extranjero considerado estratégico.
Uno de los ejes más sensibles del acuerdo es el manejo de los datos y la infraestructura tecnológica. A partir de la reestructuración, los datos de los usuarios de Estados Unidos quedarán almacenados en servidores gestionados por Oracle dentro del país, bajo auditorías y protocolos de seguridad reforzados. Además, la nueva entidad será responsable de la moderación de contenidos y de la operación técnica cotidiana de la plataforma en ese mercado.

Sin embargo, el aspecto más discutido sigue siendo el control del algoritmo de recomendación, el verdadero corazón del poder de TikTok. Aunque el acuerdo establece supervisión local y mecanismos de control, no está completamente claro hasta dónde llega la autonomía estadounidense sobre el algoritmo, ni qué grado de influencia residual conserva ByteDance. Este punto seguirá siendo observado de cerca por reguladores y legisladores.
Para los usuarios, el impacto inmediato es limitado: TikTok seguirá funcionando con normalidad en Estados Unidos, sin cambios visibles en la experiencia diaria. El efecto real es político y estratégico. La reestructuración marca un precedente global sobre cómo las grandes plataformas tecnológicas pueden ser forzadas a reconfigurar su propiedad y gobernanza para operar en mercados considerados sensibles.

En términos geopolíticos, el acuerdo representa una desescalada parcial del conflicto tecnológico entre Estados Unidos y China, aunque no lo resuelve de fondo. Para Washington, es una victoria regulatoria; para TikTok, una concesión costosa pero necesaria para conservar uno de sus mercados más importantes.
La amenaza de bloqueo quedó, al menos por ahora, neutralizada. Lo que se abre es una nueva etapa: TikTok continúa en EE.UU., pero ya no bajo las mismas reglas. Y el modelo podría anticipar futuras exigencias para otras plataformas globales en un mundo cada vez más fragmentado digitalmente.