SEGURIDAD

Publicado 12/02/2026

La nueva carrera armamentista pasa por los drones

La política de defensa de las principales potencias está entrando en una nueva fase, marcada por el uso intensivo de drones y, sobre todo, por el desarrollo de sistemas capaces de neutralizarlos en masa.
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La política de defensa de las principales potencias está entrando en una nueva fase, marcada por el uso intensivo de drones y, sobre todo, por el desarrollo de sistemas capaces de neutralizarlos en masa.

Ya no se trata solo de tener más capacidad ofensiva, sino de responder a un escenario donde enjambres de dispositivos baratos, rápidos y difíciles de rastrear pueden alterar el equilibrio militar tradicional. Un reciente informe de Axios expone con claridad este giro y funciona como una radiografía de hacia dónde se está moviendo la doctrina de defensa de Estados Unidos y, por arrastre, del resto del mundo.

 

 

El eje de este cambio es el crecimiento exponencial del uso de drones en conflictos reales. Desde Ucrania hasta Medio Oriente, los sistemas no tripulados dejaron de ser herramientas marginales para transformarse en protagonistas del campo de batalla. Su bajo costo, facilidad de producción y capacidad de saturar defensas convencionales obligaron a los ejércitos a replantear estrategias que durante décadas se apoyaron en misiles, radares y aviación tripulada.

En ese contexto, el Ejército de Estados Unidos probó con éxito una nueva versión del interceptor Coyote, desarrollado por Raytheon —hoy parte del conglomerado RTX—, diseñada específicamente para enfrentar ataques de enjambres de drones. Según reveló Axios, durante ensayos realizados a fines de 2025 el sistema logró neutralizar múltiples drones de manera simultánea utilizando un enfoque no cinético, es decir, sin explosiones ni impacto directo. El objetivo es claro: reducir daños colaterales y bajar el costo por intercepción frente a amenazas que, en muchos casos, cuestan apenas una fracción de un misil tradicional.

 

 

La señal política detrás de estas pruebas es contundente. El Pentágono no solo está ajustando su doctrina militar, sino también su política industrial y presupuestaria. La versión no cinética del Coyote fue incorporada al mayor contrato de defensa contra drones firmado hasta ahora por el Ejército estadounidense, dentro del programa destinado a derrotar aeronaves no tripuladas pequeñas, lentas y de baja altura. RTX ya anticipó un aumento significativo de la producción durante 2026, una confirmación de que el fenómeno dejó de ser experimental para convertirse en política de Estado.

Este giro tiene implicancias que van mucho más allá del desarrollo de un arma puntual. En términos estratégicos, consolida una defensa en capas donde la inteligencia artificial, la guerra electrónica y los sistemas autónomos ocupan un lugar central. Frente a la lógica del “enjambre”, basada en volumen y saturación, la respuesta apunta a tecnologías igualmente escalables y de menor costo relativo. La defensa aérea clásica, pensada para aviones o misiles de alto valor, muestra límites evidentes frente a drones producidos en serie.

 

 

También hay una lectura geopolítica. Estados Unidos no está solo en esta carrera. China, Rusia, Israel y varios países europeos avanzan en desarrollos similares, tanto en drones ofensivos como en sistemas de contramedidas. El resultado es una nueva fase de competencia tecnológica-militar donde el software, la autonomía y la capacidad de producción pesan tanto como el hardware. La superioridad ya no se mide solo en cantidad de tanques o cazas, sino en quién puede desplegar y neutralizar sistemas autónomos a mayor velocidad y menor costo.

Para países como la Argentina, este escenario plantea interrogantes estratégicos de fondo. Por un lado, la proliferación de drones redefine las amenazas a infraestructuras críticas, fronteras y eventos sensibles. Por otro, abre debates sobre capacidades industriales, cooperación tecnológica y marcos regulatorios en un mundo donde la frontera entre defensa, seguridad interior y tecnología civil es cada vez más difusa. La experiencia estadounidense muestra que la política de defensa ya no se piensa sin inteligencia artificial, ni sin una estrategia clara frente a los drones.

 

 

La conclusión es clara: la guerra del futuro ya empezó, y no se libra únicamente con misiles y soldados, sino con algoritmos, sensores y enjambres de máquinas voladoras. El caso del Coyote y la apuesta del Ejército de Estados Unidos son una señal temprana de un cambio estructural. La defensa global está entrando en una nueva era, y los drones —tanto como amenaza como respuesta— están en el centro de esa transformación.