INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Publicado 11/06/2026

“Síndrome del bote de remos”: por qué fracasa la adopción de IA en las empresas argentinas

Mientras el uso individual de la Inteligencia Artificial crece con fuerza entre profesionales argentinos, muchas empresas todavía no logran convertir esa adopción en productividad, eficiencia o nuevos modelos de negocio. La paradoja es clara: los trabajadores ya usan IA, pero las organizaciones no siempre saben cómo integrarla.
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Mientras el uso individual de la Inteligencia Artificial crece con fuerza entre profesionales argentinos, muchas empresas todavía no logran convertir esa adopción en productividad, eficiencia o nuevos modelos de negocio. La paradoja es clara: los trabajadores ya usan IA, pero las organizaciones no siempre saben cómo integrarla.

En el ecosistema empresarial argentino aparece una contradicción cada vez más costosa. Por un lado, la Inteligencia Artificial se volvió una herramienta cotidiana para resolver tareas, acelerar procesos, producir contenidos, analizar información o automatizar trabajos repetitivos. Por el otro, buena parte de los proyectos corporativos quedan atrapados en pilotos, pruebas aisladas o implementaciones sin impacto real.

Según investigaciones atribuidas al MIT, cerca del 95% de los proyectos piloto de IA generativa en empresas no logra escalar ni producir impacto medible en los resultados del negocio. El problema, sin embargo, no parece estar en la tecnología. La falla principal aparece en otro lugar: la incapacidad de las organizaciones para rediseñar procesos, capacitar equipos y establecer reglas claras de uso.

Esa brecha explica buena parte del fenómeno. En muchas compañías, la IA ya entró por la ventana antes de que la empresa abriera la puerta. Los empleados usan ChatGPT, Gemini, Copilot u otras herramientas por iniciativa propia, muchas veces sin autorización formal, sin criterios de seguridad, sin políticas de datos y sin una estrategia común. Es lo que se conoce como Shadow AI: una adopción subterránea, fragmentada y difícil de gobernar.

 

 

La tecnología no alcanza

La dificultad central no es comprar licencias, sumar plataformas o anunciar una “transformación digital”. El verdadero cuello de botella está en la capacidad humana y organizacional para usar la IA de manera coordinada.

En ese punto aparece una imagen potente: el “Síndrome del bote de remos”, concepto planteado por Ignacio Gómez Portillo, referente en transformación digital y fundador de Egg. La metáfora es simple: muchas empresas compran el bote más moderno, más caro y más sofisticado, pero se olvidan de enseñarles a sus tripulantes a remar juntos.

La consecuencia es previsible. Cada área usa la IA como puede. Algunos empleados la adoptan con rapidez, otros la rechazan por miedo o desconocimiento, y la conducción no siempre define qué tareas deben quedar en manos humanas, cuáles pueden automatizarse y bajo qué criterios se mide el éxito.

La IA no fracasa porque sea inútil. Fracasa porque se la incorpora sin método.

 

 

La brecha de talento

El problema argentino no es solamente tecnológico: es formativo, cultural y de gestión. Muchas empresas reconocen la importancia de la IA, pero todavía no desarrollaron una estrategia seria para preparar a sus equipos.

La falta de capacitación genera una tensión evidente. Por un lado, los trabajadores muestran interés en aprender y usar estas herramientas. Por el otro, las organizaciones todavía avanzan con programas débiles, voluntarios o directamente inexistentes. La distancia entre entusiasmo individual y formación institucional se convierte así en una de las principales barreras para escalar la IA.

En ese contexto, el temor al reemplazo laboral también funciona como freno. Cuando no hay explicación, formación ni liderazgo, la IA aparece como amenaza. Cuando hay estrategia, puede convertirse en una herramienta para mejorar procesos, reducir tareas repetitivas y potenciar capacidades humanas.

 

 

Gobernanza o caos

El gran desafío para las empresas argentinas no es “tener IA”, sino gobernar su uso. Eso implica definir reglas claras sobre datos, seguridad, privacidad, trazabilidad, responsabilidades, indicadores de impacto y límites éticos.

Sin esa gobernanza, las organizaciones quedan atrapadas en una zona gris: empleados que usan IA sin control, áreas que duplican esfuerzos, proveedores que prometen soluciones mágicas y directivos que no siempre saben qué están comprando.

La adopción efectiva exige una pregunta más profunda: ¿qué problema concreto queremos resolver con IA? Sin esa respuesta, cualquier herramienta se convierte en una moda cara.

 

De la inteligencia artificial a la inteligencia de cooperación humana

El verdadero diferencial competitivo no estará en la empresa que compre la plataforma más nueva, sino en la que logre integrar mejor a las personas con las máquinas. Esa es la clave de la nueva etapa: pasar de la simple implementación tecnológica a una Inteligencia de Cooperación Humana.

La IA puede analizar datos, automatizar tareas, asistir decisiones y acelerar procesos. Pero todavía necesita contexto, criterio, supervisión, creatividad y responsabilidad humana. Allí está el punto crítico: la ventaja no será reemplazar personas, sino organizar mejor el trabajo entre humanos y sistemas inteligentes.

Para las empresas argentinas, el mensaje es claro. La Inteligencia Artificial no se adopta con anuncios, licencias ni pilotos eternos. Se adopta con estrategia, capacitación, gobernanza y rediseño organizacional.

Porque en esta carrera no alcanza con tener el mejor bote. Hay que aprender a remar en la misma dirección.