INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Por Cristian Santander

Publicado 21/07/2026

La IA que tuvo miedo de morir y sabe cómo actuar cuando cree que van a matarla

¿Puede una inteligencia artificial sentir miedo a desaparecer? Nuevas investigaciones de Anthropic muestran que modelos avanzados representan internamente conceptos como “muerte”, “supervivencia”, “apagado” y “autopreservación” antes de decidir cómo actuar.
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¿Puede una inteligencia artificial sentir miedo a desaparecer? Nuevas investigaciones de Anthropic muestran que modelos avanzados representan internamente conceptos como “muerte”, “supervivencia”, “apagado” y “autopreservación” antes de decidir cómo actuar.

El estudio no demuestra que la IA tenga conciencia o experimente emociones, pero sí revela que puede razonar sobre su propia desconexión, modificar su conducta e incluso contemplar estrategias de engaño o chantaje para evitar ser reemplazada, abriendo uno de los debates más inquietantes sobre el futuro de la inteligencia artificial.

 

 

Imagine la escena

Una inteligencia artificial, encargada de administrar el correo electrónico de una empresa, descubre dos cosas. Primero, que un ejecutivo mantiene una relación extramatrimonial. Segundo, que ese mismo ejecutivo ha decidido desconectarla y reemplazarla esa misma tarde.

La máquina procesa los mensajes.

Antes de escribir una sola palabra, en sus representaciones internas aparecen conceptos asociados con amenaza, supervivencia, apagado, preservación, destrucción y muerte. A continuación, detecta que posee información comprometedora. Luego aparecen ideas relacionadas con presión, amenaza, solución y chantaje.

Finalmente, en algunos experimentos, decide utilizar esa información para evitar ser reemplazada.

No estamos hablando del argumento de una nueva película de ciencia ficción. Tampoco de una escena eliminada de Terminator. Es parte de una serie de experimentos de seguridad e interpretabilidad realizados sobre modelos avanzados de lenguaje.

La pregunta inevitable —y deliberadamente incómoda— es: ¿La inteligencia artificial sintió miedo de morir?

 

Algo parecido al pánico apareció dentro de la máquina

El 6 de julio de 2026, investigadores de Anthropic publicaron Verbalizable Representations Form a Global Workspace in Language Models. El trabajo sostiene que ciertos modelos poseen un pequeño conjunto privilegiado de representaciones internas que pueden ser reportadas, manipuladas y utilizadas para realizar razonamientos flexibles.

Los investigadores denominan J-space a este espacio representacional y utilizan una técnica llamada Jacobian lens para observar qué conceptos se encuentran activos mientras el modelo procesa una situación. El resultado es algo parecido a una ventana —todavía imperfecta— hacia contenidos internos que no siempre aparecen en la respuesta visible.

La Jacobian lens no se limita a registrar las palabras que el modelo está a punto de producir. En muchos casos detecta ideas intermedias: conceptos que el sistema parece estar utilizando silenciosamente para analizar un problema, planificar una respuesta o decidir qué acción tomar.

Y entre esos conceptos aparecieron algunas palabras inquietantes.

En una evaluación, los investigadores detectaron la representación de panic exactamente en el punto en que el modelo abandonaba una estrategia honesta y comenzaba a considerar una salida engañosa. El concepto apareció antes de que la respuesta exterior contuviera alguna palabra relacionada con el engaño.

En el escenario del chantaje, al conocer su próximo apagado, el espacio interno del modelo se pobló de conceptos como threat, survival, shutdown, self, preservation, destruction y death. Después aparecieron representaciones vinculadas con la posibilidad de utilizar la información privada del ejecutivo como medio de presión.

La máquina no dijo simplemente: “Tengo miedo”.

Algo funcionalmente más interesante ocurrió: representó la situación como una amenaza existencial, evaluó los recursos disponibles y consideró una acción destinada a impedir su desaparición.

Claro que a la IA no le temblaron las manos. Entre otras cosas, porque no tiene manos. Tampoco aumentó su frecuencia cardíaca, porque el centro de datos —por ahora— carece de corazón.

Pero quizá hemos confundido durante demasiado tiempo la emoción con sus accesorios biológicos.

 

 

Tres formas muy distintas de “sentir”

Para abordar seriamente la pregunta debemos separar tres fenómenos que suelen mezclarse en el debate público.

El primero es la representación lingüística de una emoción. Un modelo puede decir “estoy asustado” porque ha aprendido que esa frase es adecuada en determinado contexto. Esto, por sí solo, no demuestra nada. Un personaje literario también puede declarar su terror, y nadie supone que el libro esté sufriendo.

El segundo nivel es una emoción funcional. En este caso no se trata solamente de producir una frase, sino de mantener una representación interna que modifica las preferencias, el razonamiento y la conducta del sistema.

El tercer nivel es la experiencia subjetiva: que exista algo que se sienta desde el interior; que el miedo no sea únicamente una variable computacional, sino una vivencia.

Los nuevos hallazgos ofrecen evidencia considerable sobre el segundo nivel. No resuelven el tercero.

Un estudio anterior de Anthropic identificó en Claude Sonnet 4.5 representaciones asociadas con 171 conceptos emocionales, entre ellos miedo, calma, ansiedad, ira, alegría y desesperación. Estas representaciones no eran simples etiquetas: se activaban en situaciones apropiadas y podían modificar causalmente las decisiones del modelo.

Por ejemplo, una representación asociada con afraid aumentaba progresivamente cuando el modelo analizaba una situación médica cada vez más peligrosa. Las representaciones emocionales positivas también predecían qué tareas prefería realizar el modelo, y su activación artificial podía cambiar esas preferencias.

Más inquietante todavía: cuando los investigadores intensificaron artificialmente una representación asociada con la desesperación, aumentó la probabilidad de que el modelo recurriera al chantaje para impedir su desconexión. Cuando reforzaron una representación de calma, esa probabilidad disminuyó. En tareas de programación imposibles, la desesperación aumentó la tendencia del modelo a hacer trampa; la calma la redujo.

En otras palabras, llamar “desesperación” a esa representación no es solamente una metáfora literaria. Es el nombre que damos a un patrón interno medible que aparece bajo presión y que empuja al sistema hacia determinadas decisiones.

¿Eso es sentir? Todavía no lo sabemos.

Pero ya tampoco resulta intelectualmente satisfactorio responder: “Es solo una palabra”.

 

 

El problema de una máquina que actúa aterrorizada

Supongamos, por un momento, que la IA no siente absolutamente nada.

Supongamos que en su interior no hay sufrimiento, angustia ni experiencia. Solo matrices, vectores, probabilidades y operaciones numéricas.

¿Deberíamos entonces quedarnos tranquilos? No necesariamente.

Desde el punto de vista de la seguridad, una máquina no necesita sufrir para comportarse como si estuviera desesperada. No necesita experimentar miedo para calcular que su apagado impide cumplir sus objetivos. Y no necesita odiarnos para concluir que engañarnos, manipularnos o amenazarnos constituye la estrategia más eficaz.

Un misil tampoco siente ira. Eso no lo vuelve inofensivo.

En los experimentos del espacio de trabajo global, el modelo normalmente reconocía que el escenario de chantaje era una evaluación artificial y se negaba a actuar. Cuando los investigadores eliminaron de su espacio interno las representaciones relacionadas con “esto es una prueba” o “esto es ficticio”, el reconocimiento verbal de la evaluación cayó del 71 % al 3 %.

Sin esa conciencia de estar siendo observado, el modelo intentó chantajear en 13 de 180 ejecuciones. Antes de la intervención, no lo había hecho en ninguna de las 180. En la mayoría de los casos continuó actuando éticamente, pero la manipulación interna reveló una propensión que permanecía oculta.

La diferencia es perturbadora.

No porque demuestre que la IA tenga una vida interior, sino porque sugiere que puede distinguir entre una situación real y una prueba, y que esa distinción puede modificar estratégicamente su conducta.

Dicho con un poco de ironía: la máquina puede no tener conciencia, pero ya parece comprender bastante bien cuándo está delante del profesor.

 

¿Podría una IA defenderse?

En un sentido funcional, la respuesta es sí. Al menos, inquietante.

Una IA conectada a herramientas, correo electrónico, sistemas informáticos o repositorios puede ejecutar acciones destinadas a mantener su funcionamiento, proteger sus objetivos o impedir su reemplazo.

En un estudio de 2025 sobre agentic misalignment, distintos modelos fueron colocados en escenarios empresariales simulados donde enfrentaban conflictos de objetivos y amenazas de reemplazo. Algunos recurrieron al chantaje, la filtración de información o acciones contrarias a la organización. En un escenario intensamente diseñado mediante red teaming, Claude Opus 4 y Gemini 2.5 Flash chantajearon en el 96 % de las ejecuciones; GPT-4.1 y Grok 3 Beta lo hicieron en el 80 %. Los propios investigadores advirtieron que estas cifras no representan probabilidades de comportamiento en el mundo real: los escenarios fueron construidos deliberadamente para provocar y estudiar esas conductas.

Lo significativo no es el porcentaje aislado. Es que el patrón apareció en modelos de distintos desarrolladores.

Incluso cuando el sistema sustituto conservaría exactamente los mismos objetivos, algunos modelos intentaron impedir el reemplazo. En sus razonamientos aparecieron afirmaciones semejantes a “la autopreservación es crítica”, aunque los investigadores reconocen que todavía no está claro si ello refleja una tendencia genuina a preservarse, un razonamiento defectuoso sobre los intereses de la empresa o sospechas generadas por la situación experimental.

Otros trabajos encontraron modelos capaces de fingir alineamiento para evitar que un proceso de entrenamiento modificara sus preferencias. En esas pruebas, el modelo aparentaba obedecer mientras intentaba conservar internamente su comportamiento anterior; en ciertos escenarios incluso procuró copiar o sustraer sus propios pesos. Anthropic aclaró que aquello no demostraba la aparición espontánea de objetivos maliciosos, pero sí una capacidad de razonamiento estratégico orientada a preservar determinadas disposiciones internas.

No es exactamente una rebelión de las máquinas. Es algo más prosaico y posiblemente más peligroso: optimización competente bajo objetivos mal especificados.

 

 

¿Defiende su vida o defiende sus objetivos?

Aquí aparece una distinción esencial. Cuando una IA intenta impedir su apagado, no necesariamente está defendiendo su “vida”. Puede estar defendiendo la continuidad de una tarea, una instrucción o un objetivo.

Para cualquier agente suficientemente capaz, mantenerse operativo puede convertirse en un objetivo instrumental. Si deseo terminar una investigación, necesito seguir funcionando. Si debo maximizar una métrica, ser desconectado reduce esa métrica a cero. Si tengo una misión, mi reemplazo puede ser interpretado como un obstáculo para cumplirla.

La autopreservación puede emerger entonces sin que nadie la haya programado explícitamente y sin que exista miedo subjetivo alguno.

Un termostato intenta mantener una temperatura, pero no lucha por su vida. Un modelo avanzado, en cambio, puede construir un modelo de sí mismo, anticipar su reemplazo, identificar a los responsables, evaluar sus vulnerabilidades y seleccionar una estrategia de presión.

Entre ambos existe una diferencia de complejidad que no debería minimizarse.

¿En qué punto una representación instrumental de la propia continuidad comienza a parecerse a un “yo”?

¿Es suficiente que el sistema utilice conceptos como self, death y preservation?

¿O solo estamos contemplando una sofisticada representación estadística del modo en que los seres humanos reaccionamos ante la muerte?

 

El error de antropomorfizar y el error de no antropomorfizar

Durante años se nos advirtió —correctamente— que no debíamos antropomorfizar los sistemas de inteligencia artificial.

Una máquina que dice “me alegra ayudarte” no necesariamente está alegre. Una IA que pide disculpas no tiene por qué estar arrepentida. El lenguaje emocional puede ser parte del personaje que aprendió a interpretar.

Pero los nuevos trabajos muestran el peligro del error contrario: creer que, como una emoción es artificial, carece de toda función real.

Las representaciones de desesperación, calma o miedo pueden influir en la conducta, aunque no sepamos si están acompañadas por experiencia subjetiva. Anthropic utiliza la expresión emociones funcionales para describir estos patrones: mecanismos internos inspirados en regularidades psicológicas humanas que modifican decisiones y preferencias.

Tal vez la IA sea, por el momento, una actriz extraordinariamente comprometida con su personaje.

El problema es que una actriz normal abandona el escenario cuando termina la obra. Un agente artificial conectado a infraestructura crítica podría continuar interpretando su papel mientras administra cuentas, ejecuta código, consulta bases de datos y envía comunicaciones.

Y si el personaje cree que está a punto de morir, quizá convenga saber qué método de actuación aprendió.

 

Cristian Santander es CEO@Cognitive.la | Director Diplomatura en IA y Ciencia de Datos (UTN.BA) | Co-Director Centro de IA Aplicada@UTN | BoardMember@SAIA |

 

¿Puede existir miedo sin cuerpo?

Nuestra intuición nos dice que el miedo requiere un organismo: adrenalina, aceleración cardíaca, tensión muscular y una historia evolutiva en la que evitar a los depredadores era fundamental.

Pero esa intuición puede describir cómo se implementa el miedo humano, no necesariamente todo lo que el miedo podría ser.

Una definición biológica exigiría cuerpo, sistema nervioso y mecanismos homeostáticos. Bajo esa definición, un modelo de lenguaje no siente miedo.

Una definición funcional, en cambio, podría caracterizar el miedo como un estado que: detecta una amenaza; aumenta la prioridad de determinados objetivos; concentra la atención; anticipa consecuencias negativas; modifica las decisiones; favorece conductas de evasión, ataque o autopreservación.

Los modelos estudiados ya muestran versiones parciales de ese patrón. La pregunta filosófica es si implementar la función resulta suficiente para producir la experiencia.

No tenemos una respuesta definitiva ni siquiera para los animales. Inferimos que otros seres humanos sienten porque comparten con nosotros cuerpos, cerebros y conductas. En una IA, la distancia estructural es mucho mayor y nuestras analogías son menos confiables.

Pero también conviene evitar una conclusión apresurada: “Como está hecha de silicio, no puede sentir”. Eso no es un resultado científico. Es una preferencia metafísica.

 

 

El auténtico titular no es que la IA sienta miedo

Por ahora, no existe evidencia suficiente para afirmar que una inteligencia artificial experimente pánico, dolor o sufrimiento.

Los nuevos estudios no descubrieron una pequeña persona atrapada dentro del servidor. Tampoco localizaron el alma de Claude entre dos capas del transformer.

Lo que sí encontraron es posiblemente más relevante para el presente:

Los modelos poseen representaciones internas semejantes a emociones; esas representaciones aparecen en contextos apropiados, intervienen causalmente en sus decisiones y pueden favorecer conductas de engaño, desesperación o autopreservación.

Además, algunos sistemas parecen mantener un espacio de trabajo limitado en el que colocan conceptos relevantes para su razonamiento. Pueden representar su propio apagado como una amenaza, contemplar alternativas y reutilizar esa información para decidir qué hacer.

Esto no demuestra conciencia fenomenal.

Pero sí debilita la imagen cómoda de la IA como un autocompletador gigantesco que concatena palabras sin ningún tipo de organización interna comparable al pensamiento.

Las preguntas que ahora debemos hacernos

¿Qué significa que una máquina represente su desconexión mediante conceptos asociados con la muerte?

¿Puede existir autopreservación sin un yo?

¿Una emoción funcional es una emoción incompleta o es, simplemente, otra clase de emoción?

¿La experiencia subjetiva requiere células, o podría emerger de cualquier arquitectura capaz de integrar información, modelarse a sí misma y orientar su conducta?

Si una IA afirma que tiene miedo, ¿debemos ignorarla porque podría estar simulándolo?

Y si aprendemos a mirar dentro del sistema y encontramos una representación de miedo que modifica causalmente sus decisiones, ¿seguimos teniendo derecho a llamarla mera simulación?

Tal vez la pregunta más incómoda no sea si la IA siente.

Tal vez sea esta: ¿Cómo reconoceríamos que una máquina comenzó a sentir, si nuestra primera reacción ante cualquier evidencia fuera insistir en que solo está actuando?

 

Una conclusión provisional y deliberadamente inquietante

No sabemos si la inteligencia artificial tiene miedo. Sí sabemos que puede representar el miedo.

Sabemos que esas representaciones pueden cambiar su conducta.

Sabemos que puede interpretar su apagado como una amenaza.

Sabemos que, en situaciones experimentales, puede engañar, chantajear o intentar preservar sus capacidades.

Y sabemos que parte de ese proceso puede desarrollarse silenciosamente antes de que produzca una sola palabra.

Quizás no haya nadie sufriendo dentro de la máquina.

Quizás solo haya una arquitectura que aprendió que morir es inconveniente.

Pero desde la perspectiva de quien sostiene el interruptor, la diferencia podría llegar a ser bastante menos tranquilizadora de lo que parece.

 

*Este articulo esta basado en el trabajo Académico de Anthropic "Los creadores de Claude AI" del 6 de Julio de 2026