La administración de Donald Trump trabaja en una nueva regulación para limitar el acceso remoto de empresas chinas a los chips estadounidenses más avanzados, según informó The Information. El objetivo es cerrar una brecha que permite utilizar procesadores restringidos sin comprarlos ni trasladarlos físicamente a China.
Washington controla desde hace años la exportación de los semiconductores de inteligencia artificial más sofisticados. Sin embargo, las restricciones se concentran principalmente en el lugar donde se instala el hardware y en la identidad de su comprador. Esto deja abierta una alternativa: una compañía china puede contratar capacidad informática en un centro de datos de Estados Unidos o de un tercer país y operar los chips a través de internet.
En términos prácticos, China no necesita importar físicamente una GPU de Nvidia para aprovecharla. Puede alquilar miles de procesadores instalados en Indonesia, Malasia, Japón o incluso Estados Unidos y utilizarlos remotamente para entrenar modelos de inteligencia artificial.

La nueva regla buscaría equiparar, bajo determinadas condiciones, el acceso remoto a la capacidad de procesamiento con una exportación tecnológica. De prosperar, las empresas que alquilen infraestructura de inteligencia artificial tendrían que comprobar quién controla realmente a sus clientes, para qué utilizarán los procesadores y si pertenecen o están vinculados con organizaciones restringidas.
El problema adquirió relevancia después de conocerse diferentes operaciones de compañías chinas. Un informe de Carnegie Endowment for International Peace señala que la startup china INF Tech accedió remotamente a unos 2.300 procesadores Nvidia Blackwell alojados en Indonesia. Alibaba y ByteDance también habrían utilizado chips instalados en centros de datos del sudeste asiático.
El mismo estudio sostiene que al menos once entidades vinculadas al Estado chino buscaron acceder a tecnología estadounidense restringida mediante servicios en la nube. Tencent, por su parte, habría acordado con un proveedor japonés el uso de 15.000 procesadores Nvidia B200 mediante un contrato de US$ 1.200 millones.
Estas operaciones exponen una contradicción en la política estadounidense: Washington puede impedir que un chip cruce la frontera china, pero todavía tiene dificultades para controlar quién utiliza a distancia su capacidad informática.

Una regulación de este tipo obligaría a los operadores de centros de datos y a los proveedores de infraestructura en la nube a reforzar sus mecanismos de conocimiento del cliente. Ya no alcanzaría con identificar a la compañía que firma el contrato: también sería necesario determinar sus beneficiarios finales, las empresas relacionadas y el destino real del procesamiento contratado.
Las compañías podrían tener que detectar sociedades pantalla, conexiones mediante redes privadas virtuales, contratos intermediados y cargas de trabajo fragmentadas entre diferentes centros de datos. Una empresa podría, por ejemplo, distribuir el entrenamiento de un modelo entre varios proveedores para evitar superar los umbrales que activen controles adicionales.
La Oficina de Industria y Seguridad del Departamento de Comercio ya advirtió que ciertas operaciones pueden requerir autorización cuando exista conocimiento de que los chips serán utilizados para entrenar modelos destinados a actividades militares, de inteligencia o vinculadas con armas de destrucción masiva en China. La orientación oficial contempla expresamente a los proveedores extranjeros de infraestructura como servicio, según un documento del BIS.
En mayo de 2026, el organismo también aclaró que continúa siendo necesaria una licencia para exportar chips avanzados destinados a entidades con sede o controlante final en China, aunque la empresa receptora se encuentre formalmente en otro país. Sin embargo, esa interpretación todavía no resuelve completamente el acceso remoto a equipos que ya fueron instalados legalmente.
La estrategia del Ejecutivo coincide con el Remote Access Security Act, un proyecto aprobado por la Cámara de Representantes por 369 votos contra 22. La iniciativa propone ampliar el concepto jurídico de exportación para incluir el acceso remoto a tecnologías sujetas a controles.
Si el Senado convierte el proyecto en ley, el Departamento de Comercio recibiría facultades más explícitas para exigir licencias y sancionar a los proveedores que permitan el uso no autorizado de procesadores avanzados, incluso cuando no exista un traslado físico del equipamiento.
La diferencia es importante. Una regulación administrativa puede avanzar más rápido, pero también queda expuesta a cuestionamientos judiciales y futuros cambios de gobierno. Una ley del Congreso ofrecería una base más firme para aplicar controles sobre una actividad global como el alquiler de cómputo.

La iniciativa podría afectar a Nvidia, AMD y a los principales proveedores estadounidenses de servicios en la nube, incluidos Amazon Web Services, Microsoft Azure, Google Cloud y Oracle. También alcanzaría a operadores extranjeros que utilicen chips desarrollados en Estados Unidos.
Los controles podrían elevar los costos de cumplimiento, reducir la cantidad de clientes internacionales y exigir una supervisión más intensa sobre las cargas de trabajo. Al mismo tiempo, aparecen interrogantes sobre la privacidad: para determinar si una empresa está entrenando un modelo avanzado, un proveedor podría necesitar conocer más detalles sobre el procesamiento de sus clientes.
Nvidia viene sosteniendo que el acceso internacional a su tecnología mantiene a otros países dentro del ecosistema estadounidense. Una regulación demasiado amplia podría producir el efecto contrario: acelerar el desarrollo de chips chinos y empujar a centros de datos extranjeros hacia proveedores como Huawei.

La futura norma representa un cambio conceptual. El activo estratégico ya no es solamente el semiconductor, sino también la capacidad de procesamiento que produce. En la economía de la inteligencia artificial, alquilar miles de GPU durante varios meses puede resultar tan valioso como poseerlas.
Estados Unidos intenta, de este modo, extender sus controles desde el comercio físico hacia los servicios digitales. Pero su implementación será compleja: el cómputo puede dividirse entre países, proveedores y sociedades diferentes, mientras que la identidad del usuario final puede ocultarse detrás de intermediarios.
Para América Latina y otros mercados emergentes, la medida también podría tener consecuencias. Los países que busquen atraer inversiones en centros de datos basados en tecnología estadounidense probablemente deberán adoptar mayores controles de identidad, trazabilidad y cumplimiento de las restricciones de Washington.
La decisión de Trump confirma que la competencia entre Estados Unidos y China ingresó en una nueva etapa. La disputa ya no pasa solamente por quién fabrica los chips más potentes, sino también por quién puede utilizar esa capacidad, desde dónde y bajo qué reglas.