Si se amplía la mirada a servicios digitales, viajes y delivery, el volumen total asciende a más de USD 769.000 millones, con proyección de superar el billón hacia 2027. La demanda existe. El problema aparece en otro punto: la infraestructura para capturarla.

Según indicó Nahuel Candia, CEO y cofundador de Rebill, en la práctica, muchas empresas tecnológicas enfrentan un mismo obstáculo al intentar escalar en la región. El producto funciona, la demanda aparece y la expansión comienza a tomar forma. Pero surge una limitación operativa clave: la dificultad para cobrar en múltiples países. No se trata de un problema comercial ni de adopción, sino de una fragmentación estructural en los sistemas de pago.
El desafío es regulatorio y técnico. En mercados como México, por ejemplo, operar con medios de pago locales implica constituir una sociedad, obtener licencias ante la CNBV y conectarse a procesadores nacionales. El proceso puede extenderse más de dos años. En Brasil, los requisitos de capital y regulación del Banco Central se han endurecido, mientras que en Argentina, Chile o Colombia cada mercado implica comenzar desde cero. La consecuencia es directa: expansión más lenta y menor captación de ingresos.
Existe además una diferencia crítica en cómo se procesan los pagos. Cuando una transacción se realiza como operación internacional, los bancos emisores la clasifican como extranjera y reducen las tasas de aprobación, que pueden ubicarse entre el 20% y el 45%. En cambio, bajo esquemas de procesamiento cross-border con adquirencia local, las transacciones se procesan como domésticas y alcanzan niveles de aprobación del 60% al 85%. La brecha entre ambos modelos se traduce directamente en ingresos que se pierden o se capturan.

El mapa de pagos también está cambiando con rapidez. Las tarjetas de crédito, que representaban el 56% del e-commerce regional en 2019, cayeron al 42% en 2024 y podrían descender al 21% hacia 2030. En paralelo, las billeteras digitales y los sistemas de pago instantáneo ya concentran cerca del 46% del volumen transaccional. Casos como PIX en Brasil muestran la magnitud del cambio: en 2024 procesó más de 68.700 millones de transacciones y es utilizado por el 76% de la población.
A pesar de este crecimiento, la cobertura regional de los grandes proveedores globales sigue siendo limitada. Empresas como Stripe o Adyen ofrecen adquirencia local completa en pocos mercados, lo que obliga a las compañías a integrar múltiples proveedores y aumenta la complejidad operativa. La fragmentación persiste como el principal freno.
En este contexto, el desarrollo de infraestructura regional aparece como una capa estratégica. Modelos que permiten una única integración para operar en múltiples países, con adquirencia local, liquidación en distintas monedas y soporte para métodos de pago diversos, buscan cerrar esa brecha. A esto se suma la gestión de pagos recurrentes, donde los sistemas de reintento automático pueden recuperar ingresos que, de otro modo, se pierden por fallas operativas.

Otro eje emergente es el uso de stablecoins. En América Latina, más del 90% de la actividad cripto en 2025 estuvo vinculada a estos activos, con un rol creciente en pagos transfronterizos y resguardo de valor. Sin embargo, no reemplazan a los sistemas locales como PIX, SPEI o PSE, sino que funcionan como complemento dentro de una arquitectura híbrida.
El diagnóstico es consistente: el principal cuello de botella para las empresas tecnológicas en América Latina no es la falta de mercado ni de talento, sino la infraestructura de pagos. La capacidad de operar de forma integrada entre países, con altos niveles de aprobación y adaptación a los sistemas locales, se vuelve un factor determinante para capturar la oportunidad regional.
El análisis fue elaborado por Nahuel Candia, CEO y cofundador de Rebill, una compañía que opera en seis países y cuenta con respaldo de fondos como Y Combinator, Tiger Global y SV Angel.