Mientras la Ciudad de Buenos Aires avanzó durante 2026 con la incorporación de alfabetización en inteligencia artificial y herramientas como Gemini dentro de su estrategia educativa, Nueva York acaba de adoptar una posición más restrictiva para los alumnos más chicos.
El pasado miércoles, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, anunció que la ciudad prohibirá el uso de herramientas de inteligencia artificial por parte de los alumnos de las escuelas públicas hasta octavo grado.
La decisión no implica, sin embargo, ignorar la tecnología. A partir de los 13 años, el sistema educativo neoyorquino incorpora contenidos destinados a enseñar cómo funciona la inteligencia artificial.
Las dos ciudades parten así de una preocupación similar, pero avanzan con estrategias diferentes: Buenos Aires busca incorporar la IA como parte del aprendizaje; Nueva York propone primero limitar su uso y después enseñar a comprenderla.

La estrategia porteña parte de una realidad difícil de evitar: los estudiantes ya tienen acceso a herramientas capaces de resolver ejercicios, resumir textos, generar imágenes, escribir código, traducir idiomas y responder preguntas en segundos.
En lugar de intentar mantener la inteligencia artificial fuera de las aulas, la Ciudad avanzó con la incorporación de alfabetización en IA dentro de su estrategia educativa.
Herramientas como Gemini, desarrollada por Google, forman parte de este nuevo escenario.
El objetivo es que los alumnos no solamente utilicen inteligencia artificial, sino que aprendan a detectar errores, contrastar información, formular mejores preguntas y entender que una respuesta generada por una máquina puede ser convincente y, al mismo tiempo, incorrecta.
Nueva York plantea otra respuesta. La decisión anunciada por Mamdani busca establecer una separación entre los primeros años de formación y el uso directo de sistemas de inteligencia artificial generativa.
La idea no sería eliminar la IA de la educación, sino retrasar el momento en que los estudiantes comienzan a utilizarla.
A partir de los 13 años aparece la segunda etapa: enseñar qué es la inteligencia artificial, cómo funciona y cuáles son sus implicancias.
La diferencia con Buenos Aires es significativa. Una estrategia apuesta a incorporar tempranamente una tecnología que los chicos probablemente utilizarán durante toda su vida. La otra considera que determinadas capacidades deberían desarrollarse primero sin depender de ella.
Desde la aparición de ChatGPT a fines de 2022, buena parte de la discusión educativa estuvo concentrada en un problema inmediato: cómo evitar que los alumnos utilizaran inteligencia artificial para hacer la tarea.
Cuatro años después, la pregunta es más profunda.
¿Qué capacidades puede potenciar la IA y cuáles puede debilitar?
Un estudiante puede utilizarla para comprender un concepto difícil, recibir explicaciones personalizadas o aprender programación. Pero también puede pedirle que escriba un texto, resuelva un problema o sintetice un libro sin atravesar el proceso intelectual necesario para hacerlo por sí mismo.
Ahí aparece el punto central de la discusión.

Buenos Aires y Nueva York representan dos posibles respuestas frente al mismo desafío.
La primera podría resumirse como aprender a usar la inteligencia artificial utilizándola.
La segunda propone desarrollar primero determinadas capacidades y enseñar después a utilizar la inteligencia artificial.
Ninguna de las dos estrategias resuelve automáticamente otro problema: quién controla las plataformas que ingresan al sistema educativo.
Google, OpenAI, Microsoft, Anthropic y otras compañías compiten por convertir sus sistemas en herramientas utilizadas diariamente por estudiantes y trabajadores.
Eso introduce discusiones sobre privacidad, tratamiento de datos de menores, dependencia tecnológica y el papel que deberían tener las empresas privadas dentro de la educación pública.
Para los chicos que hoy están en la escuela, utilizar inteligencia artificial probablemente sea una habilidad cotidiana cuando lleguen al mercado laboral.
Pero saber utilizarla no significa simplemente saber escribir un buen prompt.
También significa reconocer sus errores, verificar información, proteger datos personales y, quizás lo más importante, saber cuándo no utilizarla.
Buenos Aires y Nueva York parecen coincidir en que los estudiantes necesitan aprender sobre inteligencia artificial.
La diferencia está en una pregunta que probablemente marque buena parte del debate educativo de los próximos años: ¿a qué edad deberían empezar a usarla?