Cada 13 de septiembre —o el 12 en los años bisiestos— se celebra el Día del Programador, una fecha elegida por corresponder al día 256 del año. El número tiene un significado especial en informática: 256 es la cantidad de valores que pueden representarse con un byte de 8 bits.
La celebración llega este año en medio de una transformación profunda de la profesión. Durante décadas, programar significó dominar lenguajes y convertir ideas en código. La inteligencia artificial generativa está modificando ese modelo: hoy el lenguaje natural también permite dar instrucciones a las máquinas y crear aplicaciones, prototipos y soluciones.
Esta transformación redujo las barreras de entrada a la creación tecnológica. Sin embargo, que sea más fácil generar código no significa que sea más fácil construir buenos productos.
Existe la idea de que encontrar el “prompt perfecto” puede ser suficiente para desarrollar una solución extraordinaria. La realidad es diferente: los buenos resultados continúan dependiendo de conocimiento, estrategia, pruebas, errores y múltiples decisiones.

El trabajo del programador está cambiando. Cada vez puede dedicar menos tiempo a escribir manualmente cada línea de código y más a dirigir, supervisar y evaluar lo que produce la inteligencia artificial.
La máquina puede ejecutar una parte creciente del trabajo, pero alguien debe determinar qué pedir, detectar errores, evaluar las respuestas y decidir cómo continuar.
Por eso, cuanto más poderosa se vuelve la IA, más importantes son los fundamentos técnicos. Generar código en segundos sirve de poco si no se comprende por qué falla, cómo corregirlo o qué consecuencias puede tener.
La IA acelera la ejecución, pero no reemplaza el juicio profesional.

El cambio también está impulsando perfiles como el Product Engineer, un profesional que no se limita a transformar requerimientos en código, sino que participa en la definición del problema, trabaja junto con diseño y estrategia y analiza qué ocurre cuando el producto llega a los usuarios.
En este escenario, el conocimiento técnico continúa siendo indispensable, pero ya no alcanza por sí solo. La curiosidad, la creatividad, la capacidad de escuchar, la adaptación y la resolución de problemas ganan importancia.
Programar siempre fue también una forma de pensar: dividir un problema, comprender sus partes y encontrar diferentes caminos para resolverlo. Esa capacidad mantiene su valor incluso cuando una herramienta puede escribir buena parte del código.
El futuro, por lo tanto, no debería plantearse como una competencia entre programadores e inteligencia artificial. La IA puede escribir código en segundos, pero todavía son las personas quienes deben decidir qué vale la pena construir, para quién y con qué propósito.
*Por Nahuel Alberti, CTO de Paisanos