La reunión entre Donald Trump y Xi Jinping empieza a mostrar resultados más concretos de los que se conocieron inmediatamente después de la cumbre. Estados Unidos y China acordaron reducir aranceles sobre aproximadamente US$60.000 millones de comercio bilateral, dentro de un mecanismo que busca mantener abiertos determinados intercambios económicos mientras las dos potencias continúan compitiendo en tecnologías estratégicas.
El representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, confirmó que cada país seleccionó aproximadamente US$30.000 millones en productos considerados “no sensibles” que podrán recibir un tratamiento arancelario más favorable.
El mecanismo forma parte del nuevo U.S.-China Board of Trade, creado por Trump y Xi durante la reunión que mantuvieron en Beijing en mayo y puesto ahora formalmente en funcionamiento. Según Greer, los productos incluidos representan aproximadamente el 30% de las exportaciones estadounidenses hacia China.
La decisión comienza a establecer una frontera mucho más clara dentro de la relación económica entre ambas potencias: una cosa será comerciar alimentos, productos médicos o bienes de consumo y otra, muy diferente, intercambiar las tecnologías que Washington y Beijing consideran fundamentales para su seguridad nacional.
Un elemento adicional permite dimensionar el alcance político del acuerdo: Trump y Xi prevén volver a encontrarse personalmente dos veces antes de que termine 2026. El primero de esos encuentros está previsto para noviembre en China, en el marco de la reunión de líderes de APEC, que este año será organizada por Beijing. El segundo llegará en diciembre durante la cumbre del G20 en Estados Unidos.
Trump confirmó después de la visita de Xi a Washington que espera encontrarse nuevamente con el presidente chino en noviembre en China y posteriormente en diciembre durante el G20. Reuters informó que ambos mandatarios acordaron respaldarse mutuamente como anfitriones de las dos grandes reuniones internacionales.

US$30.000 millones de cada lado
China reducirá aranceles sobre diferentes productos estadounidenses, entre ellos maíz, trigo, sorgo, carnes, lácteos, aceites vegetales, pescado y mariscos, madera, cosméticos y dispositivos médicos. La soja, uno de los productos políticamente más importantes para Estados Unidos, no aparece dentro de esta lista específica, aunque China ya había retomado compras importantes bajo compromisos comerciales anteriores.
Estados Unidos, por su parte, ofrecerá mejores condiciones arancelarias para aproximadamente US$30.000 millones de productos chinos. Entre ellos aparecen pequeños electrodomésticos como cafeteras y tostadoras, artículos de mesa, mantas, ropa de cama, juguetes, flores artificiales, iluminación navideña, decoraciones y asientos infantiles para automóviles.
El Ministerio de Comercio chino confirmó el acuerdo y explicó que el cálculo utiliza como referencia el comercio bilateral de 2024. Las reducciones deberán implementarse de acuerdo con los procedimientos legales internos de cada país. Esto significa que no todos los aranceles desaparecerán inmediatamente. El acuerdo establece el marco y las listas sobre las cuales ambos gobiernos deberán aplicar posteriormente las reducciones correspondientes.
El comercio comienza a separarse de la seguridad nacional
El aspecto más importante del entendimiento probablemente no sea el monto involucrado sino el concepto utilizado por ambos gobiernos: “bienes no sensibles”. La nueva arquitectura comercial intenta separar aquellos productos que pueden circular con menores restricciones de los sectores considerados estratégicos.
En el primer grupo aparecen alimentos, dispositivos médicos, cosméticos y productos de consumo. En el segundo continúan las tecnologías directamente relacionadas con la competencia económica y militar entre ambas potencias.
Allí se encuentran los semiconductores avanzados, la infraestructura informática para inteligencia artificial, determinados componentes tecnológicos y otras tecnologías de uso dual. Los nuevos acuerdos comerciales anunciados hasta ahora no eliminan los controles estadounidenses sobre los chips avanzados destinados a China. Por eso, más que un regreso al libre comercio entre las dos potencias, lo que comienza a aparecer es un sistema de comercio administrado según el nivel de sensibilidad estratégica de cada producto.
La inteligencia artificial tendrá un canal directo Washington-Beijing
Estados Unidos y China acordaron establecer un canal bilateral de comunicación para incidentes relacionados con IA y realizar un nuevo diálogo antes de finalizar noviembre.
La decisión introduce por primera vez un mecanismo institucional específicamente destinado a gestionar riesgos derivados de una tecnología en la que ambos países compiten por liderazgo global. La Casa Blanca informó además que ambos gobiernos crearon el U.S.-China Super Intelligence Dialogue, destinado a intercambiar posiciones sobre los riesgos y beneficios de los sistemas avanzados.
Washington puede mantener restricciones sobre la transferencia de chips y capacidad informática hacia China y, simultáneamente, establecer mecanismos de comunicación con Beijing para administrar incidentes relacionados con sistemas avanzados de inteligencia artificial. Es decir: competencia tecnológica y cooperación en seguridad comienzan a funcionar en carriles diferentes.
Las tierras raras continúan siendo estratégicas
El otro gran frente es el de los minerales críticos. Las tierras raras continúan siendo uno de los principales instrumentos de negociación de Beijing debido a la posición dominante de China en diferentes etapas de procesamiento y refinamiento. Estos materiales resultan fundamentales para sectores como electrónica, vehículos eléctricos, generación energética, telecomunicaciones y defensa.
La cuestión estuvo presente durante las conversaciones preparatorias de la cumbre, junto con inteligencia artificial y comercio. Sin embargo, el nuevo acuerdo arancelario anunciado este domingo se concentra principalmente en bienes no sensibles y no supone una liberalización general del comercio de minerales estratégicos.
Esto vuelve a mostrar la lógica del nuevo modelo: facilitar aquello que ambos gobiernos consideran comercialmente manejable mientras mantienen controles específicos sobre los recursos y tecnologías vinculados con seguridad nacional.