INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Por Sabino Vaca Narvaja (牛望道)

Publicado 26/09/2026

De Pekín a Washington: la IA entra en la era de la competencia administrada

Las dos cumbres de Xi Jinping y Donald Trump en 2026 abrieron una nueva etapa en la disputa tecnológica. Estados Unidos conserva una ventaja decisiva en chips y modelos de frontera; China combina una rápida convergencia en inteligencia artificial con la mayor plataforma manufacturera del mundo. Washington dejó además un resultado novedoso: un diálogo bilateral sobre IA y un canal para gestionar incidentes. La carrera ya no consiste solamente en quién llega primero, sino en quién consigue transformar la inteligencia en capacidad productiva.
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Las dos cumbres de Xi Jinping y Donald Trump en 2026 abrieron una nueva etapa en la disputa tecnológica. Estados Unidos conserva una ventaja decisiva en chips y modelos de frontera; China combina una rápida convergencia en inteligencia artificial con la mayor plataforma manufacturera del mundo. Washington dejó además un resultado novedoso: un diálogo bilateral sobre IA y un canal para gestionar incidentes. La carrera ya no consiste solamente en quién llega primero, sino en quién consigue transformar la inteligencia en capacidad productiva.

La competencia tecnológica entre China y Estados Unidos está entrando en una fase más compleja. Ya no alcanza con preguntar quién tiene el modelo de inteligencia artificial más potente. Hay que observar quién diseña los chips, quién concentra capacidad de cómputo, quién forma investigadores y, sobre todo, quién puede incorporar la inteligencia artificial a fábricas, robots, vehículos, redes eléctricas y cadenas productivas. Las dos cumbres que Xi Jinping y Donald Trump celebraron este año, primero en Pekín y luego en Washington, permiten leer la relación bilateral desde esa perspectiva.

En mayo ambos mandatarios acordaron construir una relación “constructiva de estabilidad estratégica”. En Washington dieron un paso adicional: respeto, equidad y reciprocidad pasaron a integrar la definición acordada. La relación no dejó de ser competitiva. Lo novedoso es el intento de construir mecanismos para administrar esa competencia.

De competir por la IA a establecer reglas

El documento publicado después de la visita de Xi enumera ocho entendimientos. Incluye avances económicos y comerciales, coordinación respecto de APEC y el G20, cooperación contra narcóticos, cuestiones vinculadas con Irán y la recuperación de la memoria de la alianza sino-estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Los militares acordaron además avanzar hacia un memorándum sobre comunicación y prevención de crisis.

Para el futuro tecnológico sobresale el séptimo punto: China y Estados Unidos crearán un Diálogo bilateral sobre Inteligencia Artificial para intercambiar posiciones sobre riesgos y beneficios, con una próxima reunión prevista para noviembre. También establecerán un canal de comunicación para incidentes relacionados con IA.

No es un acuerdo para regular conjuntamente los modelos ni elimina las restricciones tecnológicas estadounidenses. Su importancia está en otro lugar: las dos mayores potencias de IA empiezan a reconocer que, precisamente porque compiten, necesitan mecanismos de comunicación.

Xi sostuvo en Washington que ambos países poseen fuertes capacidades en IA, que pueden competir pero también cooperar y que deben prevenir usos abusivos o maliciosos. Su formulación central fue que la IA debe permanecer bajo control humano y servir al bienestar de las personas. Estados Unidos, en cambio, comenzó a incorporar al debate oficial el concepto de “superinteligencia”. Consultada sobre esa terminología, la parte china evitó polemizar y planteó que, frente a una tecnología en permanente evolución, corresponde profundizar los intercambios y buscar consensos.

La diferencia semántica expresa una cuestión más profunda: Washington mira crecientemente hacia la próxima frontera de capacidades. Pekín, sin abandonar esa carrera, coloca un fuerte énfasis en la aplicación y difusión de las capacidades disponibles.

 

 

La asimetría cruzada

La competencia sino-estadounidense no enfrenta a un país que innova contra otro que simplemente fabrica. Enfrenta dos ecosistemas tecnológicos con fortalezas diferentes. Estados Unidos conserva ventaja en los modelos de frontera. La diferencia es todavía mayor en el soporte físico de esa inteligencia. Al cierre de 2025, las estimaciones de Epoch AI atribuían alrededor del 96% de la capacidad de cálculo acumulada de los chips de IA analizados a cuatro diseñadores estadounidenses (Nvidia, Google, AMD y Amazon), frente a aproximadamente el 4% correspondiente a Huawei y Cambricon. El dato muestra uno de los principales cuellos de botella chinos: chips avanzados y capacidad de cómputo.

Pero la relación se invierte cuando observamos la estructura productiva. China genera alrededor del 28% del valor agregado manufacturero mundial y en 2024 instaló unos 295.000 robots industriales, más de la mitad de las nuevas instalaciones globales. Su escala también es visible en paneles solares, baterías, vehículos eléctricos, drones, electrónica y telecomunicaciones.

Estamos frente a lo que podríamos llamar una asimetría cruzada: Estados Unidos tiene su mayor fortaleza en la infraestructura de la inteligencia (chips, cómputo y modelos de frontera). China posee una ventaja extraordinaria en la infraestructura productiva donde esa inteligencia puede desplegarse. Cuando la IA converge con robótica, sensores, visión artificial, baterías y manufactura avanzada deja de ser solamente software. Se convierte en inteligencia incorporada al sistema productivo.

De la carrera Sputnik al Momento Shenzhen

Por eso propongo distinguir entre una carrera Sputnik y un Momento Shenzhen. Estados Unidos parece correr una carrera Sputnik por la IA: quién llega primero a la frontera. China intenta convertirla en un Momento Shenzhen: quién consigue integrar primero la inteligencia artificial al conjunto del sistema productivo.

No son compartimentos estancos. Estados Unidos posee una industria sofisticada y utiliza activamente política industrial; China desarrolla modelos de frontera y cuenta con gigantes tecnológicos propios. La diferencia está en el énfasis y en la estructura de cada ecosistema.

Silicon Valley concentra algunas de las corporaciones tecnológicas más poderosas del mundo. China dispone de una red que articula empresas privadas y estatales, universidades, gobiernos locales, infraestructura y una enorme densidad de proveedores. En Shenzhen una innovación puede conectarse rápidamente con electrónica, sensores, telecomunicaciones, baterías, robótica, vehículos y logística.

La secuencia es decisiva: innovación / integración industrial / escala / reducción de costos / difusión tecnológica. China ya recorrió ese camino en paneles solares, baterías y vehículos eléctricos. La gran pregunta es si puede repetirlo con la inteligencia artificial.

De fábrica del mundo a potencia tecnológica

Otro cambio obliga a abandonar la imagen de China como simple plataforma manufacturera. En 2024 los solicitantes residentes en China presentaron unas 70.000 solicitudes internacionales de patentes mediante el sistema PCT, frente a alrededor de 54.000 de Estados Unidos y 48.000 de Japón. El número de patentes no equivale automáticamente a calidad o innovación disruptiva, pero revela la magnitud de la transformación.

La formación de capital humano completa el cuadro. China se convirtió en una enorme fuente de graduados e investigadores en ciencia, ingeniería e IA. Los datos de investigadores de NeurIPS muestran además una relación interesante: China destaca en la formación de grado, mientras Estados Unidos conserva una extraordinaria capacidad para atraer ese talento hacia sus posgrados y centros de investigación. Competencia e interdependencia vuelven a aparecer simultáneamente.

Algo similar ocurre con las universidades y la ciencia. China pasó de no tener ninguna institución entre las cien primeras del ranking de Shanghái en 2015 a contar con 16 una década después. En investigación clínica, las empresas con sede en China pasaron de representar alrededor del 1% de los ensayos iniciados mundialmente en 2009 a cerca del 30% en 2024. Son indicadores diferentes, pero todos describen la transición desde una economía fundamentalmente receptora de tecnología hacia otra que desarrolla crecientes capacidades propias.

Los resultados educativos también deben interpretarse con cautela. Los extraordinarios puntajes PISA que suelen atribuirse a China corresponden a regiones seleccionadas y desarrolladas, no a una muestra representativa de todo el país. Sí muestran, junto con la expansión universitaria y científica, la capacidad para construir polos educativos de altísimo nivel.

 

 

Chips, el gran cuello de botella

Aquí aparece la paradoja. China posee escala industrial, científicos, patentes y un enorme mercado, pero continúa rezagada en segmentos críticos de los semiconductores avanzados. Por eso los controles estadounidenses sobre chips tienen tanta relevancia geopolítica: afectan directamente la capacidad de entrenar y desplegar los modelos más avanzados.

La respuesta china combina inversión en capacidades propias con mayor eficiencia computacional, modelos de menor costo, código abierto y técnicas como la destilación, que permite transferir capacidades de un modelo grande a otro más pequeño utilizando sus respuestas.

La discusión abre una pregunta que excede la propiedad intelectual: ¿la próxima etapa de la IA estará determinada solamente por quién construya el modelo más poderoso o también por quién consiga hacer inteligencia suficientemente avanzada, barata y accesible para millones de aplicaciones?

Una IA extraordinariamente potente pero concentrada en pocas empresas puede transformar sectores enteros. Una IA suficientemente capaz, económica y desplegada en millones de fábricas, robots, vehículos, hospitales y sistemas energéticos puede producir una transformación diferente.

China no necesita superar inmediatamente a Estados Unidos en cada indicador para alterar el equilibrio tecnológico. Necesita reducir suficientemente la brecha de frontera mientras aprovecha su capacidad de integración industrial. Estados Unidos enfrenta el desafío inverso: conservar su liderazgo en modelos y chips y traducir esa ventaja en productividad a gran escala.

Silicon Valley frente a Xi

La cena de Estado en Washington ofreció una fotografía de esa competencia. Frente a Xi se sentaron Elon Musk, Sam Altman, Greg Brockman, Jensen Huang, Sundar Pichai, Jeff Bezos y Tim Cook. Allí estaba representada buena parte del poder tecnológico privado estadounidense.

China llegó desde otra estructura: un sistema donde la innovación tecnológica se vincula explícitamente con planificación industrial, infraestructura y objetivos nacionales de largo plazo.

No se trata de “mercado contra Estado”. Washington también utiliza subsidios, regulación y controles de exportación, mientras China posee gigantes privados. Se trata de formas diferentes de articular Estado, mercado, conocimiento y producción.

La pregunta deja entonces de ser solamente quién posee el modelo más inteligente. También importa quién logra llevarlo del laboratorio a la fábrica, quién consigue escalarlo y quién puede reducir suficientemente sus costos para convertirlo en una tecnología de uso general.

Competir y cooperar

El nuevo diálogo bilateral sobre IA debe leerse en este contexto. No anuncia el final de la competencia. La institucionaliza. Pekín y Washington parecen asumir que ninguna de las dos potencias puede gobernar unilateralmente una tecnología con consecuencias globales. Un canal para incidentes de IA no equivale al teléfono rojo nuclear, pero comparte una lógica preventiva: cuando una tecnología puede producir consecuencias transfronterizas, la comunicación entre las principales potencias se convierte en un instrumento de seguridad.

Las cumbres de Pekín y Washington muestran así una relación más compleja que una nueva Guerra Fría. Hay competencia tecnológica, restricciones, disputas comerciales y diferencias estratégicas. Pero también existe una interdependencia económica y científica difícil de desarmar y un intento de construir reglas mínimas de convivencia.

La IA resume esa contradicción. Estados Unidos mantiene ventaja en la frontera y en los chips. China ha construido una plataforma industrial, científica y tecnológica capaz de absorber innovaciones a enorme escala. Uno conserva la delantera en buena parte de la infraestructura de la inteligencia; el otro posee una capacidad excepcional para convertir esa inteligencia en producción.

Por eso la pregunta decisiva puede no ser quién alcance primero la “superinteligencia”. Puede ser quién consiga transformar la inteligencia disponible en productividad, reducción de costos y capacidades difundidas a través de toda la economía. Las dos cumbres de 2026 dejan una señal: mientras continúa la carrera, China y Estados Unidos empiezan a construir mecanismos para administrarla. La próxima etapa se jugará simultáneamente en laboratorios, chips, fábricas y mesas de negociación. Y allí se definirá no sólo quién desarrolla la inteligencia artificial más avanzada, sino quién consigue transformarla en una nueva estructura productiva.