La advertencia fue realizada durante la Climate Week de Nueva York y estuvo dirigida especialmente a las grandes compañías tecnológicas.
El planteo aparece en un momento paradójico para el sistema energético mundial. Según Stiell, durante el último año se instalaron 993 GW de nueva capacidad renovable, un récord global. El funcionario sostuvo además que el uso de energías renovables permitió evitar un gasto de casi medio billón de dólares en combustibles fósiles.
Pero la expansión de la inteligencia artificial amenaza con absorber una parte creciente de esa nueva capacidad eléctrica.
Los centros de datos necesarios para entrenar y ejecutar modelos de IA requieren enormes cantidades de electricidad, mientras que su expansión puede obligar a determinadas redes eléctricas a recurrir también a fuentes fósiles para satisfacer el incremento de la demanda.
Stiell sostuvo que esta situación ya está contribuyendo a incrementar las emisiones asociadas al carbón, el petróleo y el gas y a ejercer presión sobre los costos de electricidad para hogares y empresas.

La ONU no plantea abandonar el desarrollo de la inteligencia artificial. Por el contrario, considera que la misma tecnología podría convertirse en una herramienta relevante frente al cambio climático, por ejemplo mediante sistemas de alerta temprana ante desastres o una administración más eficiente de las redes eléctricas.
El desafío está en el balance entre ambos efectos.
Por eso, Stiell reclamó a las grandes tecnológicas objetivos climáticos verificables, mayor eficiencia, transparencia sobre el consumo de energía y agua y una mayor utilización de energías renovables para alimentar los centros de datos.
La discusión expone una de las contradicciones centrales del actual boom tecnológico: la IA puede convertirse en una herramienta para combatir el cambio climático, pero la infraestructura necesaria para desarrollarla también puede aumentar la demanda energética y las emisiones si su expansión no está acompañada por suficiente generación limpia.